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Opinión

Ernesto, Pinocho, Ratón, Tata y otros

Quizás de tiempo en tiempo deberíamos hacernos preguntas sobre la amistad. Qué significa dar, recibir, ser hospitalarios.

Por Tata NAVARRO

La inexorable e implacable marcha del tiempo, que tratamos de enfrentar con la mayor liviandad de espíritu, ya nos está llevando a participar como rugbistas en estos torneos de veteranos y que se vienen, para felicidad personal, multiplicando en este último tiempo.

Y en esa instancia no es el caso hacer valer: ni la autoridad, ni la experiencia que supuestamente los años deberían darnos como atributos esenciales. Pues no nos vemos encaramados en un pedestal, sermoneando aquí y allá, prodigando consejos buenos o malos. Es el momento de soltarse, de hinchar velas, de no importarnos gran cosa nuestra significación existencial, nuestra ubicación en la escala social, nuestra opinión política, esto aún muchísimo más que en la época de jugadores regulares.

Nos baja la nostalgia y recordamos la primera vez que tuvimos contacto con una pelota de rugby. Fue en los años 60, cuando imitando el entrenamiento de un colegio inglés en una cancha vecina, tomamos la pelota de fútbol con las manos, para mimar lo que veíamos en la cancha del lado, marcando un hipotético try, poniendo el balón en el arco. Éramos un curso de un colegio no inglés que efectuaba su actividad deportiva prevista para esa tarde precisa, según el calendario semanal. Vendría ese vecino profesor interrumpiendo su entrenamiento de rugby para indagar que tan serio era nuestro interés por la ovalada, vendría un feliz contacto posterior con el rector de nuestro colegio, vendrían los primeros balones de rugby, entrenamientos y partidos.

Compartiendo a cinco la pieza en un hostal se nos vinieron estas ideas y recuerdos a la cabeza, cuando los apodos priman sobre los nombres: Pinocho, Ratón, Tata y otros más. No importa lo que figura en la cédula de identidad; por lo demás siempre el rugby ha tenido nombres de animales o vegetales: Pumas, zorros, teros y otras yerbas plagan la flora y fauna ovalada.

La patrona del hostal mezcla en su cocina hotelera, a la hora del desayuno, piratas de San Luis y zorros que merodean el Aconcagua y con su cara de bostezo permanente, nos hace comprender que la paciencia ha de ser madre de la ciencia, pues los ronquidos del ratón similares al rugido de un león, inundaron la espaciosa casa a lo largo de toda la noche.

“Silencio en la noche.
Ya todo está en calma.
El músculo duerme.
La ambición descansa.”

El ratón es un dragón que llegó de Iquique, como lo hizo para estar en una cita en Mendoza es harina de otro costal.

Por esos años 60 había una especie de filósofo o poeta a la cabeza de un colegio visitado por profesores de mucha prosodia, con unos seminarios en la tarde de alta filosofía, de los cuales se podía escapar inscribiéndose en horas de deporte. Aquel señor que improvisaba sus clases mezclando a Rimbaud con Lope de Vega, no era carente de audacia en su propuesta educativa y su poder de convicción logró conquistar a un centro de padres y apoderados reticentes a la grosera práctica del rugby. Sí, sí, ya lo sabemos, un deporte de villanos jugado por caballeros.

Volviendo a la actual realidad, el torneo de veteranos fue simplemente genial a cargo de Pájaros de Mendoza, una atención sin reposo de parte de cicerones casi dentro de la cancha, árbitros con sentido del humor, un tercer tiempo descomunal y una simpatía general con ordenada extravagancia.

Un jugador invitó a su madre, la que fue la reina del lugar.

Lo que gira en torno a la ovalada suele ser contradictorio, lo contradictorio es generalmente cómico, pero llevar a su madre de 87 años a un torneo de rugby no tiene nada de cómico, es simplemente genial.

Sueltos en la noche después de haber bailado, nos perdimos en una ciudad apenas conocida. Al no encontrar el camino correcto apareció esa discusión a veces no tan amable, sincera y un poco irónica, una manera especial de hacerse cariño entre similares, que manejan códigos de conducta desde lustros inmemoriales.

¡Y estás convencido de tener un buen sentido de orientación, si con la lectura de juego tuya apenas te da para jugar de hooker!

Los años pasan y pesan y el conductor del auto en sus años mozos jugó de apertura. Volvimos después de dar vueltas y vueltas a nuestro esperado destino. Quizás a un hipotético merecido descanso, pero sí de seguro a los rugidos del ratón.

Los actores de esta pieza:

Ernesto Rodríguez (fundador de Sporting).

Pinocho, Ratón y Tata (jugadores de Zorros de Aconcagua).

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