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Opinión

¿Cuántos somos? ¿De dónde somos? ¿Adónde vamos?

A fines de los 90 diversas razones que no es el caso enumerar, nos trajeron a Chile por periodos relativamente largos. Vivíamos desde fines de los años 70 en un país europeo. Los 90, época de las ONG a carácter humanitario.

Queremos decir con esto que había por esos años una atmósfera de altruismo benevolente, nos parece oportuno no olvidarnos de ese tiempo, no por nostalgia, es para cerrar el tema. Nos integramos a un pequeño club de rugby de la región Valparaíso, aunque lejos del puerto. Con casi 50 años cumplidos, compartimos cancha con chicos que aún ni siquiera eran mayores. ¿Era la voluntad de ir al encuentro del otro y en auxilio en latitudes exóticas? Pensamos que no. 30 años lejos de Chile no nos habían convertido en un extranjero. La idea era estar junto a algo que se resistía a dejar de ser parte nuestra, a través de un juego que practicábamos allá también. Allá o acá, finalmente igual.

El contraste en cuanto a condiciones de entrenamiento era considerable. Lo que se entiende por infraestructura en este club chileno parecía un chiste, si entrabamos a un rango de comparaciones. Pero igual la alegría estaba y con mucha tierra.

Un miembro del club nos cuenta que existe en la comuna por plan regulador un espacio destinado a “fines recreativos y de esparcimiento”, de alrededor tres hectáreas. Ya lejos del país, una mañana de agosto del 2004, ingenuamente le escribimos una carta al presidente de la República, haciéndole parte de una proposición: Un espacio de esparcimiento ciudadano, una mezcla de plaza con pista de ciclismo y canchas de rugby y futbol. En realidad, parecía el dibujo de un niño. No recibiendo respuesta, viajamos a Chile y reenviamos la carta hasta recibir respuesta. Vinieron unas tentativas de reunión propuestas por Chile Deportes, el alcalde se involucró un poco. Por nuestro lado establecimos contactos con ciclistas que se habían quedado sin velódromo. Dos ciclistas muertos atropellados, entrenando por esos años en la ruta de la fruta. Al final todo quedó tal cual o casi tal cual. Sin saber cuántos somos y con qué proyección, sin saber hacia dónde va la piedra, difícil avanzar. Una piedra rodante. Una propuesta destartalada sin cuantificación alguna.

– Y es ahí cuando vemos un pequeño pañito
El azul sombrío, enmarcado con una ramita,
Con una mala estrella ensartada, que se funde
Con dulces temblores, pequeña y muy blanca…
¡Noche de junio! ¡Diez y siete años! – Nos dejamos embriagar.
La savia es de champaña y se sube a la cabeza…
Divagamos; sentimos un beso en los labios
Que ahí palpita, como una pequeña bestia…
Arthur Rimbaud – Novela

La atmósfera en claro oscuro de “Los Baeza”, un mesón de tragos, un clandestino en la trastienda de un almacén. La calle polvorienta, tres perros flanquean la entrada de donde obtenemos los litros de cerveza. Una gorda con un traje rojo y lunares negros nos atiende desde la sombra. Afuera el sol aun golpea. Nos vamos hasta el final del pasillo. Es el fin del entrenamiento. Hay risas y cantos en la larga mesa. Una guitarra suena muy al fondo y una niña baila flamenco con un traje largo, seguramente prepara lo del acto del día siguiente en la escuela primaria. La luz está afuera, pero en la sombra se brinda por un triunfo que no vendrá ese fin de semana en la cancha de pasto del estadio a pocas cuadras. Un lujo.

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